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martes, 20 de marzo de 2018

¡Qué se muera el amor!

¡Hola a todos, lectores y escritores!

Bienvenidos otra vez a este espacio en el que compartimos lecturas y experiencias. Hoy os traigo una entrada diferente. No hablaré sobre ningún libro, ni sobre nada de lo que hemos hecho hasta ahora... Os traigo mi primera colaboración. 

Puede que os haya llamado la atención el título de la entrada y es que Jose Ugencio Lostres nos acompañará con su texto hoy, en el que nos muestra una muy buena visión de lo que puede ser el amor o, más bien, de lo que podría llegar a ser el amor dentro del caos. Estamos muy acostumbrados a que se ataque al clásico amor romántico de las películas y es que, en realidad, creer que solo existe este tipo es peligroso y dañino para nosotros.



El relato.

NICOLÁS

-¿Hubo calma sin tempestad?- Me preguntó mientras sus piernas colgaban de aquella ventana del séptimo piso, en la casa de Nico, con esa expresión infantil que miraba hacia la acera de la calle. Y tras un eterno silencio, sentencié. – No, nunca la hubo –.
Volviendo su cara hacia mí, la chica bajó de la ventana y entró en la habitación, donde, caminando hacia a mí marcando un lento compás, dijo: – Entonces, ¿Por qué estamos aquí? ¿Quizá solo ha sido la casualidad? Sí, la casualidad, jijiji – Dijo entre pequeñas carcajadas infantiles, las cuales llevaba soportando toda la tarde, con esa sonrisa de profunda indiferencia al mundo, que nunca, jamás, podré quitarme de mi cabeza.
Serían las cinco de la tarde, y ahí estábamos los dos, en una misma habitación, yo acababa de llegar, Nico acababa de irse. En mi vida había visto a esa chica, supongo que conocía a Nicolás, si no: ¿Qué hacía en su casa?, quizá su sonrisa era puro sadismo, puro regocijo del dolor.
– Bueno, ¿entonces qué hacemos? – Le pregunté. – Bueno… ¿Se supone que tú le mataste no? jijiji – Su mirada fija y sus acusaciones comenzaron a incomodarme, miré al suelo y ahí estaba el bueno de Nico,  inmóvil, sus ojos vacíos de vida mirándome en aquel charco de sangre sobre el que se posaba su fría muerte. – ¡¿Cómo te atreves a decir que yo le mate?! ¡Estás jodidamente loca! ¡Hacía semanas que no sabía nada de él y ahora entro a su apartamento y me encuentro esto! ¡Tú has sido quien le mataste! – Repliqué – Jijiji, pero no te enfades tontorrón – Dio otro paso hacia adelante, que me hizo retroceder – ¿Es que acaso no te acuerdas? – Su semblante cambio por completo.  – ¿Porque te acuerdas verdad? – Por un instante no supe que contestarle, el silencio inundó la habitación durante unos segundos, decidí romperlo – ¿A qué te refieres? – Su semblante se puso serio, inexpresivo, hierático, y, como una transición, adoptó rasgos de ira, como si la chica inocente que sobre las cinco de la tarde sonreía y se sentaba en la ventana de la casa de la casa de mi amigo Nicolás se hubiera esfumado – ¡PERO SERÁS GILIPOLLAS! – Se acercó al escritorio y empezó a demolerlo, a quitar todas las cosas, y acusándome con sus ojos de ira, sentenció. – COMO NO PUEDES ACORDARTE PEDAZO DE IDIOTA, TU LE MATASTE JODER, TU MATASTE A NICOLÁS – De pronto se acercó al cadáver de Nico, agarró su cabeza llena de sangre, le dio un beso, y de golpe, rompió a llorar, agitando con agresividad la cabeza de Nico, la cual, debido a la profundidad del corte de su cuello, consiguió separarse del mismo, y ya con la cabeza entre las manos y la cara entre lágrimas, sollozó – JODER, NICOLÁS, ¿TÚ TAMPOCO TE ACUERDAS? SI, SEGURO QUE SI ¿VERDAD? ¿QUE TE PASA NICOLÁS? ¿ESTÁS MUY CALLADO? POR FAVOR NICO DIME ALGO, ¡JODER! – La cabeza de Nico salió despedida por la ventana, la habitación estaba tintada con la sangre de nuestro amigo, la chica, la cual seguía de rodillas en el suelo, se hizo un ovillo, y ya en pequeños susurros, comenzaba a murmurar – Joder, Nico… Joder – Se empezaban a oír gritos en la calle, no todo el mundo ve una cabeza desmembrada de su cuerpo todos los días.
La chica, de la cual no sabía y nunca supe nada, levantó la mirada, era fría, escalofriante, su cara manchada en sangre y su manos apoyadas en el charco de la tinta de Nico, me miró, me miró como nadie me había mirado nunca, de golpe se levantó, le costó recomponerse, yo solo quería irme, pero no sabía de qué era capaz esa misteriosa chica, de repente, se acercó a mí, y me besó, me besó como nunca me había besado nadie antes, sus labios sabían a metal y mancharon los míos, eran suaves, cálidos, sin esperarlo le seguí, no quería despegarme de aquellos labios, nos derribamos al suelo, flotando sobre el enorme charco rojo que había en la habitación, no podía, era incapaz de refrenar ese impulso, de fondo comenzaron a sonar ambulancias y coches de policía, sabía que nos quedaba poco, que no volvería a verla nunca más, me separé de sus labios, alejé su cabeza de la mía, me fui a un lado, rompí a llorar, esa niña me abrazó.
La puerta se abrió a la fuerza y los policías entraron, sus caras lo dijeron todo, vieron aquella estampa, aquel cuadro, sus pistolas y sus miradas nos apuntaron con miedo, me sequé las lágrimas, me levanté, la ayudé a levantarse, y mirándole a sus claros ojos, solo pude decir una cosa.
– Te quiero –



El amor. Acabamos de leer sobre cómo puede surgir en una situación muy extraña. El cambio de concepto es muy interesante y puede darnos mucho juego en diferentes historias. El detalle de no saber que Nico está muerto hasta el final simboliza lo que viene a decirnos José, que el amor cortés está muerto y que todo puede surgir del caos. 

¿Os ha gustado esta visión del amor? ¿Tenéis otro modo de verlo? ¡Animaos a compartirlo con nosotros! 


miércoles, 22 de febrero de 2017

Mi experiencia en el primer premio Oz y el reto #5 de El Libro del Escritor

Han pasado dos días desde el fallo del premio Oz, a pesar de que me pareciera extraño que el plazo de cierre (16 de enero de 2016) y el fallo (mes de febrero) fuera tan corto, me lancé y envié mi manuscrito. Hubo muchas preguntas sobre las bases, sobretodo la cuestión de las obras publicadas en Wattpad, la editorial aseguró que no podían participar ya que no eran inéditas.

Para quienes no lo sepan, Wattpad es una aplicación que permite compartir historias con otras personas. Los autores pueden publicar artículos, relatos, novelas o poemas de cualquier cosa, esperando votos o comentarios de otros usuarios. Es el 20 de febrero que se comunica en la web de Oz que las ganadoras eran dos usuarias de Wattpad, las cuales tienen millones de visitas. Esto hizo que muchísimas personas nos sintiésemos estafadas y esta sensación aumentó cuando la editorial cambió las bases. Muchos usuarios de Twitter crearon el hasstag #FalsoPremioOz para enseñar las imágenes en las que la propia editorial respondía a un comentario diciendo que no podían participar obras de Wattpad, así como también imágenes de las antiguas bases y de las nuevas. Ahora solo me queda dar mi enhorabuena a las ganadoras y esperar que en los próximos concursos que convoque tanto esta editorial, como cualquier otra, se dejen claras las bases desde el principio, para así evitar que los lectores nos sintamos así.

Después de esta mala noticia, solo me queda esperar a las demás con optimismo...

Por ahora os dejo el reto número 5 de los 52 retos del Libro del Escritor. Confieso que llevo trabajando en esta composición algunas semanas más de las que habría querido pero, entre una cosa y otra, no he sido capaz de terminarlo hasta ahora... Tal vez deba hacer un mega maratón de 50 días para completar todos los retos a tiempo.

Esta vez, consistía en usar la frase: "En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos" .

En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos. Aquel lugar del que habíamos escapado en la noche, pensando que nunca tendríamos que volver a enfrentarnos a lo que ellos no obligaban a hacer; creyendo que eramos libres... creyéndolo con fuerza.

Nos habíamos convertido en un grupo más preocupado por la vigilancia que por cualquier otra necesidad o por cualquier otra cosa. Nos estudiábamos con desconfianza, imaginando que esa otra persona nos traicionaría para vendernos  por comida, refugio, o por algo mejor... ¿Cuánto tardaríamos en apuñalarnos en la oscuridad, presas del recuerdo de su yugo? ¿Cómo era posible que aún sin estar presentes, nos controlasen totalmente?

No recuerdo cuánto tiempo ha pasado desde esa noche en la que nos atrevimos a dejarlos atrás; tampoco recuerdo qué era lo que esperábamos encontrar. No sé si queríamos ver el cielo libre del humo o si queríamos ver cómo nuestros pequeños crecían, hasta olvidar que una vez fuimos sus presas... Fuera lo que fuese que esperásemos encontrar en la libertad, lo único que conseguimos fue parecernos a ellos: ser una ciudad de muertos que no podía apartar la mirada de su espalda.

Os dejo el enlace al reto número 4, pronto estarán disponibles los siguientes relatos, así como un par de historias que han salido de la caja de los recuerdos.





lunes, 30 de enero de 2017

Comienzan los 52 retos de escritura.

Después de haber estado ausente durante muchos días, vuelvo para traeros algo especial o al menos, algo nuevo para mí. Siguiendo algo que propuso El libro del Escritor en su página web, me sumo a los 52 retos de escritura. El reto consiste en realizar un relato cada semana, uno cada día o uno cada mes. No importa. Lo único que se busca es escribir y disfrutar con lo que se hace.

Lamentablemente yo llego tarde y no pude empezar en orden pero, poco a poco, iré subiéndolos hasta ponerme al día con todos ellos... Antes de continuar con el reto, quiero aprovechar para comunicaros que en breve abriré un espacio para las reseñas de autores noveles que, como yo, quieren hacerse un hueco en vuestros corazones.

El relato que he escogido para esta semana es este "Escribe una historia en la que salves la situación con un mayúsculo deus ex machina". 

Para los que no sabéis lo que es el deux ex machina:

Es una expresión latina que significa "Dios desde la máquina", se originó en el teatro griego y romano, cuando una grúa introducía a un personaje interpretando a una deidad que resolvía la situación. Hoy se utiliza cuando un elemento externo resuelve la trama sin seguir lógica, sin tratarse necesariamente de un elemento divino. Generalmente, se intenta evitar por tratarse de un recurso que acaba por dejar con mal sabor de boca al lector pero, en este caso, lo he buscado  y se trata (tal y como pide el título) de un mayúsculo Deux ex machina. A continuación os dejo el relato, espero que lo disfrutéis tanto como yo...

Reto #4 "El precio de un deseo".


—Eres una muñeca, ¿verdad, Ana? —no esperó a que respondiera. Aquella chica parecía estar a punto de desmayarse—. Sí, sí que lo eres —la sonrisa de cocodrilo intimidó a Ana, quien parecía haber olvidado por qué estaba reunida con Lamir—. Una muñequita perdida en un lugar peligroso…
—No… —vaciló Ana—. No estoy perdida —sujetó el borde de su jersey con ambas manos, buscando el punto de confianza que necesitaba y que por supuesto, no estaba ahí—. Lamir, yo…
Súbitamente se escuchó un chasquido en la oscuridad y una mano la enviaba al suelo.
—Si supieras dónde estás, sabrías que nadie pronuncia nombre!
Su atacante, una mujer de aspecto rudo, se inclino sobre ella con la intención clara de volver a pegarle.
—¡Para! —ordenó Lamir, sin moverse de la silla—. Deja que me diga por qué ha venido.
Ana entendió que era ese el momento decisivo: lo que dijera en ese instante la llevaría a conseguir su deseo o bien, al fondo del río. Ana se demoró un segundo en la comisura de la boca de la mujer tras el escritorio y supo que no tendría reparo en dejar que la molieran a palos. Repasó en su mente la frase favorita de Lamir, ese demonio encarnado en el cuerpo de una mujer y abrió la boca:
—He venido hasta aquí porque eres mi única esperanza —agachó la cabeza, temiendo haberse equivocado, esperando otro golpe.
—¡Levanta y pide!
—Mi hermana está enferma… —comenzó a decir Ana.
Lamir hizo un mohín.
—¿Y quieres dinero… para sus medicamentos? No es lo que esperaba para esta noche.
—¡No, no! ¡Ni siquiera quiero dinero! —eso sí captó su atención—. ¡Quiero un riñón sano! —se descubrió gritando. Todos los presentes mantuvieron el silencio—. ¡Quiero un riñón para mi hermana.
—Eso —dijo, levantándose sobre la mesa, dejando al descubierto las armas que llevaba prendidas al cinto—. Oh, eso sí me gusta.
La sonrisa de cocodrilo iluminó la noche…
… La siguiente imagen en su memoria fueron sus pies, embutidos en unos zapatos de tacón, demasiado altos como para poder dar marcha atrás en ese instante.  Ahora no tenía opción. Si quería que Lamir consiguiera lo que necesitaba su hermana, debía cumplir su parte del trato. Solo había una persona en la ciudad capaz de competir con ella, por lo que si conseguía hacerse pasar por prostituta (algo de lo que ya se habían encargado), sería relativamente fácil conseguir cierta información, para dejar a Lamir vía libre.
La arrastraron por un pasillo largo, que conducía directamente a la habitación de Verdaguer, el hombre al que debería drogar y robar. Tragó saliva al recordar que su tipo de chica eran las que “temblaban como un flan”. Todas las miradas la hacían sentir como un ratoncillo indefenso y ni siquiera había visto a la serpiente, pensó. Sintió el peso de la navaja en su bolso de mano, lo que le dio cierta seguridad y un pensamiento fugaz: si mataba a cualquiera de esos guardias, conseguiría lo que estaba buscando… Pero, si por algún milagro no la mataban, esos órganos podrían estar tan enfermos como los de su hermana o incluso como en su caso, podrían no ser aceptados por su cuerpo. Suspiró y sintió que la droga que cubría su cuerpo, con una capa transparente, comenzaba a subir por sus fosas nasales, si no tenía cuidado, podía acabar con la voluntad doblada y sin posibilidad de cumplir su misión.
Finalmente la gran puerta se abrió, le dieron un empujón a la gran habitación dorada y cerraron la puerta tras ella. Vio a Verdaguer sentado con las piernas abiertas, sobre un asiento negro. Era tal como lo habían descrito los ayudantes de Lamir. Tragó saliva y se acercó, respondiendo al gesto que le había hecho. Ana se dio cuenta de que estaba haciendo exactamente lo que él esperaba: temblar como un animalillo indefenso, que solo puede esperar a la muerte. Y eso le encantaba. Parecía más acostumbrado a esa situación de lo que hubiera esperado: no dudó en retorcer el pecho de Ana con una mano. Lanzó el pequeño bolso al suelo, a varios metros de ambos, dejándola sin la protección de su arma. Si acercaba más la cabeza a su cuello, no tardaría en caer dormido, lo que le daría a Ana una oportunidad para buscar los archivos que quería Lamir.
Sintió el hedor que salía de su boca y no fue capaz de continuar. Lo empujó con todas sus fuerzas y corrió en dirección al bolso.
—¡No, nena! —gritó él, cogiendo uno  de sus tobillos—. ¡No vas a ninguna parte!
Ana cayó al suelo,  a pocos centímetros de la protección del bolsito, estiró el brazo y lo rozó con la punta de los dedos. Verdaguer cayó sobre ella con pesadez. Ana gritó y se dio cuenta de que debería haber esperado a que el narcótico lo durmiera. Él le dio la vuelta, quería golpearla y dejarla fuera de juego pero, Ana ya tenía entre sus temblorosos dedos la navaja, que no dudó en dirigir hacia su rostro.
—¡Perra!
Vio la herida abierta en su boca, que alargaba una sonrisa fantasmagórica, envolviéndole el rostro en una mueca atroz. Él consiguió propinarle un golpe en la cara. Ana sintió cómo se iba hinchando y presa del miedo, solo pudo levantarse a trompicones. Los guardias irrumpieron en la estancia, a causa de los gritos de su jefe, interceptaron a Ana a medio camino de la puerta.
—Voy a modificar el tema de la fiesta —dijo, dejando caer un pesado golpe en el estómago de Ana.
La tiraron al suelo cuando vomitó. Estaba convencida de que moriría esa noche. En medio de todo aquel alboroto, una bola de metal resbaló hasta llegar a ellos.
—¿Qué…? —empezaron a decir.
Y de súbito, la bola estalló liberando un gas que, los dejó a todos momentáneamente ciegos. Un grupo armado entró en la habitación, golpearon a varios de los guardias, quienes aún intentaban defenderse del ataque. Alguien se acercó a Ana, quien se aferraba a las cortinas, como si pudieran protegerla de cualquier cosa.
—Vamos —dijo la voz—. Todo saldrá bien.
Después, solo hubo silencio.


Ana despertó al poco tiempo en el mismo hospital en el que se encontraba su hermana. Por suerte, gracias a la intervención de la policía, sus heridas eran reversibles. Los agentes le comunicaron que llevaban mucho tiempo esperando a que Verdaguer hiciera algún movimiento en falso y el encuentro de esa noche se filtró oportunamente... Parecía que una de las dos partes sí había conseguido lo que quería... Ana se lamentó por no haber podido conseguir lo que necesitaba pero, gracias al dolor de su cuerpo, supo que era mejor no volver a nadar en ciertos estanques. 
Vio que el médico que trataba a su hermana aparecía por el final del pasillo en el que se encontraba. La sonrisa de su boca solo podía significar una cosa. Ana sonrió.

relato deux - 
(c) - 
Andrea Ángel Alzate 



jueves, 8 de diciembre de 2016

Gotas de Navidad

¡Muy buenas a todos!

Hoy os quiero dar la bienvenida con una entrada emotiva. Aprovechando estos días libres, he terminado mi primera historia de navidad y ahora la comparto con vosotros, esperando que nos haga recordar que, lo más importante de estas fechas no son los regalos, es el amor. Amor por nuestros seres queridos, por nosotros mismos, por el mundo en general.

En la próxima entrada os contaré una pésima noticia. Por suerte, gracias a las malas experiencias de unas cuantas personas, yo he podido evitar pasar por lo mismo.

Ahora os dejo con la historia de Juan, un hombre trabajador que intenta darlo todo por su familia, tal vez, demasiado...

Gotas brillantes

En una casa que no era un hogar y en un país que jamás lo acogería, vivía Juan, un ciudadano perdido, como muchos otros, en el caos del avance. Era un hombre sencillo, que disfrutaba con pequeñas cosas, como una llamada o un correo electrónico de su familia. Después de gastar la mayor parte de su tiempo en el coche y en la fábrica, abrir la puerta de su casa era un cálido abrazo en medio de la tormenta.

Nadie corría a recibirlo, como hacía ya unos años. Ninguna sonrisa, ni tampoco el sonido de esas pequeñas patitas del perro que solía apresurarse a morder sus pantalones o sus dedos de los pies. Tras un día más siendo ahogado con una cadena, lo que encontraba al llegar a su casa era un vacío que se aferraba a sus huesos.

Nada.

Encendía el ordenador y esperaba encontrar alguna señal de su familia: una foto, un mensaje...

Nada.

Juan estaba acostumbrado a ese silencio de red, como le gustaba llamarlo. Aunque de hecho, no le gustaba en absoluto. Intentaba encontrar una forma de seguir sonriendo, pero cada día se daba cuenta de lo difícil que era estar en un lugar extraño, en el que solo era una mota de polvo, sin amigos y sin familia.

Nada.

Todo ello quedo atrás cuando decidió marcharse. En momentos como aquel, en el que se sentía triste y vacío, como si no le importase a nadie, se preguntaba que razón había tenido para irse; qué motivo lo mantenía en marcha semana tras semana, día tras día. 

En un instante concreto de esa vida, poco antes de que las calles comenzaran a brillar con mil luces, Juan tomó el teléfono con una mano temblorosa. No necesitaba ver los números que quería marcar, pues los tenía en su cabeza. Los repasó todos mentalmente, asegurándose de no olvidarlos jamás. Aguardó un momento con el auricular pegado en la mano, hasta que sonó un pitido y el ya conocido mensaje. Antes de hablar, se dijo a sí mismo que al otro del mundo, todavía era demasiado temprano. Sin mucha convicción, comenzó a hablar:
 
—Hola, hijo. Solo llamaba para saludaros y para preguntar si todavía sigue en pie lo de venir con las chicas. La ciudad está preciosa, os encantará —silencio—. Espero que estéis bien.

Colgó y necesitó unos segundos para sobreponerse. Abrió los ojos de nuevo y mientras otro numero se visualizaba en su mente, las luces navideñas inundaron la calle, llegando a cegarle otro instante. Era un número que no marcaba desde hacía mucho tiempo, incluso antes de su partida. Un número que se mezclaba con las luces y con las sonrisas de esas familias que paseaban por la calle... Sonrisas que él ya no tenía.

En un último intento, desechó ese número con fuerza, casi con rabia, pues era la única forma de eliminarlo y que diera paso al número de su hijo menor, quien contestó casi en el acto.

—Buenos días o buenas noches, ya no sé qué hora es.

—Te noto raro —dijo Juan.

—Lo que estoy es acojonado, papá —respondió su hijo Miguel—. Tengo tantos exámenes y tantos trabajos para entregar que apenas puedo dormir.

Miguel era el menor de los tres hijos de Juan. Era su segundo año de carrera y parecía estar sobrepasado. Al menos estaba así por algo bueno, se dijo Juan y no por la muerte de su madre, como el año anterior. Fue un error permitirle acceder a la universidad estando tan afectado. Juan quiso desechar esos pensamientos, al menos mientras estuviera al teléfono con su hijo.

—... En serio, pa —mantuvo el aire en los pulmones, antes de continuar —, gracias. Gracias por hacerlo por mí y por los demás. Pero... — se cortó —. No voy a poder ir. Voy a pasármela estudiando. No imaginas cuánto desearía que no hubiera Navidad.

— Está bien — le cortó —. Intenta concentrarte  en terminar bien pero, por favor —quiso darle a su voz un tono más jovial —. ¡Intenta también no parecerte al Grinch!

Ambos compartieron unas risas que permitieron que el estrés que sentían, se fuera diluyendo en pequeñas gotas. Miguel se despidió de su padre, sintiéndose mucho mejor. Esa llamada también había dejado en Juan un buen sabor de boca y el agradable recuerdo de por qué se había marchado de su hogar: para darle uno mejor a su familia. Y en verdad lo merecían pues, tras la muerte de María, ninguno había vuelto a ser el mismo. Si ahora ella supiese que todos estaban solos y que no hablaba  con Manuel, su hijo mediano... Ese número que se empeñaba en reaparecer en su cabeza, incansable. Como algo si algo en su interior quisiera decirle que había llegado el momento de perdonar... Pero para Juan ese momento llegó hace mucho tiempo, cuando intentó reconciliarse con él. Aunque sólo recibió hostilidad y malos modos. Puede que fuera su segunda oportunidad, después de todo, ¿por qué habían discutido? ¡Qué importaba ya! Marcó el número en el teléfono pero, en seguida lo borró, movido por un muelle. No estaba preparado para enfrentarse a eso. 

Recibió un correo electrónico de su hijo mayor, en el que le decía, con muchísimo pesar, que no podía llevarse a la familia ese año, que sería en el siguiente y que todos le deseaban feliz navidad.

— Seguro que me han reenviado el mensaje del año pasado — pensó Juan—. Si no vinieron cuando vivíamos en el mismo país... No iban a venir ahora.

Pero en sus palabras brillaba un anhelo oculto, él deseo de romper con todo y regresar con su familia, a su tierra, donde no tenía que esforzarse por entender, ni por ser entendido. Un lugar que recordaba como algo feliz.

Transcurrieron los días y llegó la temida navidad. Al salir de la fábrica, no quiso ir a casa, a ese lugar frío tan deprimente, que lo hacía sentir solo.

Juan fue a dar un paseo por el abarrotado centro, esperando hallar en las luces, el consuelo que tanto necesitaba. Se tomó un gofre de chocolate con plátano (el postre favorito de sus nietas), mientras veía a los chicos más jóvenes patinar sobre el hielo. Quería disfrutar de esa tarde, imaginado que también lo hacía su familia, creyendo que pronto estarían todos juntos.

De camino a casa, pensó en María, en los años que habían compartido, que ahora parecían suspiros diluidos en el viento. Se detuvo en el puente que tenía que cruzar para llegar a casa. Estaba decorado, como toda la ciudad y no sólo con luces pues, los niños de algún colegio habían ido distribuyendo caras felices y frases bonitas. Al menos Juan imaginaba que eran bonitas, ya que su dominio del idioma se limitaba a la comprensión de supervivencia. Tal vez la navidad hacía que muchas personas quisieran saltar. Esperaba que los mensajes de esos niños, los detuvieran... Y era que él no necesitaba mensajes bonitos en ningún puente, él necesitaba el calor de un abrazo, el de una mirada o el simple hecho de tener a alguien querido en casa. Apoyó las manos en la barandilla helada y dejó caer la cabeza entre los hombros.

Uno.

Dos.

El aire gélido intentó borrar sus tiernos recuerdos: los besos, los bailes, las risas, los momentos con su familia. Dio un golpe y se envaró, porque ni el frío, ni el desasosiego, conseguirían hacer de él un hombre débil. Su familia lo necesitaba y él los necesitaba a ellos. En cuanto llegase a casa, llamaría a sus hijos, a todos ellos y encontrarían el momento y el lugar para verse, para perdonarse, para darse cuenta que tenían que ser un equipo indestructible.

Escuchó que algo caía a su lado, hasta el suelo y vio alejarse a una niña pequeña con su padre. Cogió al oso de peluche, que estaba ya mojado y corrió hacia ellos, aún a riesgo de parecer un loco peligroso. Cuando la niña lo tuvo entre las manos, el padre murmuró unas palabras (Juan esperaba que de agradecimiento) y le dio unos golpes en el hombro. La niña tenia unos ojos claros, tan grandes como un océano, sonrió y abrazó a Juan. Ese gesto lo llevó lejos, muy lejos... Con Maria y sus tres hijos, a un instante en el que era imposible cualquier tragedia.

Juan recorrió el camino que le quedaba con las manos en los bolsillos, lleno de júbilo. La certeza que brillaba, cegadora, en su mente, lo iluminó con la fuerza de diez soles. 

Pronto estarían todos juntos, de nuevo.



Tan solo basta una chispa, para romper la oscuridad.

 
cuento de navidad gotas brillantes - 
(c) - 
Andrea Ángel Alzate 

sábado, 5 de noviembre de 2016

Cuando ya nada me atrapa.

Antes de realizar un cambio siempre hay un momento en el que no encuentras oxígeno para levantar el puño.


Siempre es una ventana. Una ventana translúcida que solo me permite apreciar formas y colores, nada más. No sé qué es lo que hay fuera, no sé tan siquiera si hay algo.

Sin embargo, siento que una corriente me arrastra, me atrapa y no me permite ver otra cosa diferente a la brillante superficie que quiero atravesar.

Un suspiro.

Una tormenta.

Y fuego. Una corona de llamas se transforma en su marco cuando intento golpear la ventana... Intento, porque mis brazos se crispan como si ya no fuera dueña de sus movimientos; siento el esfuerzo en la cara, en el cuello..., en todo mi ser y continuó sin poder moverlos. Cuando desisto, la corona desaparece y vuelvo al silencio, a mi oscuridad, únicamente interrumpida por la luz de esa ventana y la promesa de lo que me esté esperando más allá..., en algún lugar.

Cierro los ojos y pienso en lo mucho que necesito levantar los brazos, en todo el tiempo que llevo rindiéndome ante el fuego pero, esta vez no permitiré que él calor me detenga. Esta vez no pararé.

Noto el cosquilleo familiar en los brazos y el deseo de parar me atenaza el vientre, como una soga fría que desaparecerá si decido parar y volver a perderme en el silencio. 

"¡Para!", dice una voz cuando logro mover el brazo. Fue un movimiento tan leve que, de no haber sido por ese susurro, hubiese creído que se trataba tan sólo de una ilusión.

"¡Más fuerte!", me digo. "¡Más fuerte!". Él cosquilleo pronto se transformó en dolor,  un dolor tan intenso que me provoca un grito; él grito lanza el espejo a otro nivel de profundidad.

"¡NO!"

Cada paso es un lamento. A medida que me acerco una parte de mí se perdía en la profundidad.

No podía girar la cabeza para observar qué era lo que ocurría, tan solo podía mirar hacia delante.

"¡Corre!"

"¡Para!"

La soga que me oprimía el estómago  se tensa, no voy a poder avanzar más. La corona de fuego brilla con fuerza, advirtiéndome... O dándome la bienvenida. Toda mi piel, mis músculos, todo mi cuerpo se rompe en el último esfuerzo; es un crujido que inunda toda aquella soledad; es el grito de alguien que por fin es libre.
Cuando por fin rozo con la punta de los dedos el espejo, veo una mano recibirme al otro lado...

                 ... Una mano que me salva.

La fuerza que buscas está escondida en el lugar más oscuro de tu mente.

lunes, 3 de octubre de 2016

Hay un reflejo.


Cuando la rutina te atrapa es fácil acostumbrarse a ciertas cosas. Lo difícil es continuar con esas costumbres cuando tu mundo es una rueda imparable. Se trata tan solo de una pobre excusa por haber tenido este rincón un poco abandonado...

Os voy a contar aquella vez que vi a un demonio. La primera vez que miré a unos ojos que solo me devolvieron el reflejo de los míos; la primera vez que sentí que una sombra hacía más tangible la mía; la primera vez que una voz se pareció tanto a la mía y a la vez era todo lo contrario.

En aquel encuentro que, en realidad nunca tuvo lugar, una parte de mi mente gritaba:"corre". Sin embargo, era tan pequeña que se ahogaba en el deseo de querer estar más cerca.

Habla conmigo, le pedía. Pero el silencio siempre era su respuesta. Habla conmigo, repetía. Más silencio.

Al poco tiempo, cuando ya creía que jamás se repetiría aquello, volví a ver esa sombra, un cuerpo que se escondía en la mía mientras escuchaba y aprendía todo cuanto nos rodeaba, ansiosa. Se convirtió en una espiral hambrienta que me envolvía con un velo con el que podía verlo todo de un modo... Totalmente distinto.

No me hagas volver nunca, le pedía a mi sombra. ¡Deja que me quede aquí! Como si de verdad fuera consciente de dónde me encontraba o como si en algún momento me hubiese alejado de mi realidad.

Pronto olvidé que había algo agazapado a mi lado, mientras dormía; olvidé que las cosas no ocurrían como yo las veía y que en realidad lo que vislumbraba a través de mi mente, era lo que pasaba a través de la suya.

No sé cuánto tiempo tardé en perderme por completo; tampoco sé cuánto tiempo estuve ausente, perdida en algún lugar brillante oculto en mi alma. Hasta que la realidad me golpeó.

Nunca había estado más sumergida en mi mundo que en ese instante, aquel momento en el que la angustia de la pérdida me estrujó el corazón por no haber estado presente en los peores instantes de mi vida.

Vi de pasada el rostro de aquel ser, ese rostro tan parecido al mío. ¿Quién eres?, pregunté. Aunque una parte de mí sabía que no obtendría respuesta y sin embargo, escuché mi voz salir de lo más profundo de la tierra...

Yo soy él aire que respiras, la sangre que mantiene tu cuerpo; yo soy el grito de aliento a tu espalda. Yo soy lo que queda cuando todo falla y cuando nada sucede. Yo soy tu, soy ella. Soy todos. Soy nadie...

...Soy nada.

Tal vez esa sombra siniestra tan solo fue un mecanismo de mi cerebro para ayudarme a entender que los únicos demonios que me atormentan están en mi cabeza y de mí depende el dejarlos entrar o no. 

Le damos poder al miedo para que controle nuestras vidas, tan solo por no querer enfrentarnos a nosotros mismos.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

La primera vez que me mordió un lobo.

Daña más que los golpes...


Las montañas enmarcaban un día claro y envolvían siete risas infantiles, cuyos ecos se repetían hasta perderse en lo más profundo del bosque.

Las risas despertaron algo.

El sol proyectó una sombra raquítica que cortó la felicidad durante lo que pareció ser toda una vida.

Olía el miedo que desprendían.

La criatura gruñó y todos los niños lloraron. Todos salvo yo, que quise hacer de héroe.

Algo enfureció al animal.

Fui yo.

Los músculos de las piernas me produjeron calambres tan fuertes que creí que en cualquier instante caería al suelo. Pero no fue así. Llegué a la cueva del lobo y robé su tesoro. O eso creí.
Lo volví a ver en la puerta, esta vez temeroso al ver lo que llevaba en los brazos. Aulló con fuerza y grité al sentir que algo me atravesaba la carne, dejé caer al pequeño animal al mismo tiempo que el lobo saltaba sobre mí.

La primera vez que me mordió un lobo, otro animal murió.

El lobezno lloró y se ocultó en el bosque, mientras el cuerpo de su madre continuaba humeante en el suelo.
La bala de los cazadores me había salvado la vida, acabando con otra.
Ahora, cuando miro la linde del bosque, siento dos ojos iracundos que me observan y no paro de preguntarme cuánto tiempo pasará hasta que decida que es el momento de llevarse algo más que un trozo de mi carne.

... El miedo.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Ecos y luz...

Porque nunca es tarde para cambiarnos a nosotros mismos...


Comienza con una vibración lejana, un sonido que parece residir sólo en tu cabeza; un suspiro palpitante que termina por convertirse en un latido.

Uno.

Dos. 

Abres la boca para que entre el aire, que pasa arrasándolo todo como si de un incendio se tratase y es entonces, solo entonces, cuando te das cuenta de no haber hecho ningún movimiento desde que caíste.

Una fuerte presión surge en torno a tu cabeza, obligándote a mover una mano hacia ella y deseas que no sea nada más que un hormigueo... Y lo encuentras. Recorres con tus dedos  los gruesos pliegues de la herida que sangra.

Mueves con fuerza los brazos y las piernas hasta que, algo cede más arriba y te permite estirarte tanto como querías. 

Parece que estés buceando en un profundo mar de seda.

Tus manos se abren paso y consigues respirar de verdad..., aunque, no estás haciéndolo. La luz que se cuela a través de los ventanales es tan abrumadora que, por un instante, parece que te encuentres solo pero, poco a poco, las imágenes se van viendo más nitidias, los rostros y los recuerdos aparecen como un torrente ante ti, como un golpe que te destruye y te cura.

Grita.

Grita otra vez.

Más fuerte. 

Ninguno de los que llora puede oirte ahora. En ese pozo de desesperación en el que te encuentras encerrado, nadie puede ayudarte.

Las lágrimas que sientes caer por tu rostro no son reales, nunca lo fueron.

La luz termina por ahogarlo todo, incluso a la vida.

martes, 30 de agosto de 2016

Sombras diluidas en sueños

Un rápido descenso a ese rincón oscuro que hay en el interior de mi mente...

Me despierto temprano, cuando la alarma no ha sonado. Sé que debería mantener los ojos cerrados para conciliar el sueño nuevamente pero, aún sabiéndolo, clavo la vista en la puerta de la habitación, intentando encontrar..., ¿qué? ¿Qué es lo que espero ver al recorrer de arriba abajo el marco, con los ojos desorbitados, abiertos como platos. Tal vez espero advertir una sombra deslizarse fuera de la habitación, un responsable imaginario para mi desvelo, algo a lo que culpar al día siguiente, pocas horas después de aquello. Pero lo que realmente quiero es saber que todo está bien, que son solo mis nervios, que es solo mi temor:  solo quiero recordar que no hay nada ahí.

Recibo al sol con los ojos abiertos y la relajante sensación de haber dejado atrás una noche más, sintiendo que la angustia deja de oprimir mis pulmones y que finalmente dejo de ser la niña asustada y vuelvo a ser yo.

Pero sé que el sol volverá a ocultarse...

Esta vez es diferente, me digo. Esta vez conseguiré dormir. Sin embargo no es cierto, esta noche vuelve a suceder lo mismo que en las anteriores. Cuando la fatiga y el estrés del día a día me abandonan, mi mente puede detenerse en las cosas que de verdad le importan, es ahí cuando es libre de cualquier estímulo, incluso de mí. Al no verse oprimida por nada, siento como la culpa y la pena se apoderan de mi corazón y es ahí cuando despierto. Tal vez, al buscar un monstruo en la penumbra, quiera negar que lo que realmente no me permite dormir, soy yo.